Steven Soderbergh señala las grietas del deporte profesional en este electrizante drama contado como una película de atracos

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La reciente crisis de suscriptores de Netflix les ha dado de bruces con la realidad: los días de gastos desmesurados para hacer innumerables producciones que lanzar al vacío de su página principal cada semana no se podían prolongar durante mucho tiempo. Y, como buen estudio de Hollywood que es en cierta parte, tomará las lecciones equivocadas a la hora de tomar decisiones, primando los contenidos consumibles a productos más atractivos como los que les ayudaron a crecer.

Es difícil imaginar que a una plataforma de streaming le salga rentable invertir 200 millones en un blockbuster que a los dos días han dejado de existir en la memoria colectiva, aunque haga chorrocientos minutos vistos y bata récords inventados.

Quizá sea más práctico seguir la vía que está siguiendo Apple TV+, dando viabilidad a propuestas atrevidas (‘Separación‘) junto con otras más amigables (‘Ted Lasso‘) que den sensación de que hay un cuidado a la hora de ofrecer contenido. No hace tanto que Netflix tenía ese equilibrio, que permitía interesantes rarezas como ‘High Flying Bird‘, un original disponible en su catálogo.

Driblando a canasta

La clave, por supuesto, está en establecer relación con un inconformista como Steven Soderbergh, que es capaz de hacer películas de toda la vida de manera totalmente fresca y renovada. Y sin necesidad de grandes inversiones, sólo un iPhone (8), unas lentes bien utilizadas, un elenco bien escogido y una historia con miga que pueda ser contada de manera interesante. Todo esto encontramos en este peculiar drama baloncestístico.

Hay cierre patronal en la NBA, una de las competiciones más importantes del planeta, y tanto jugadores como propietarios de equipos pasan un prolongado parón para intentar conseguir un acuerdo económico que beneficie a todos. En medio de todo esto, un agente (André Holland) se encuentra en una situación preocupante dentro de su agencia y debe intentar defender los intereses de su estrella (Melvin Gregg) recién seleccionada en lo más alto del Draft.

Puede sonar a una idea para cafeteros del baloncesto, pero Soderbergh termina cayendo en un extraño film deportivo donde no se juega ni un sólo minuto ni se bota una sola pelota. La aparición temprana de estrellas reales de la liga como Karl-Anthony Towns o Donoval Mitchell explicando el choque de realidad cuando entraron en el deporte profesional, especialmente en lo económico, deja clara la historia que realmente interesa al director y al guionista Tarell Alvin McCraney (‘Moonlight‘).

‘High Flying Bird’ es un buen drama deportivo por su manera de despiezar los perfectos entramados estructurales del deporte profesional, especialmente en un deporte de predominante presencia afroamericana como es el baloncesto. El sistema de explotación perfectamente diseñado en favor de propietarios (blancos) es toda una estructura de poder similar a las que Soderbergh ha querido subvertir en las historias de la mayoría de sus películas, como se plasma en la más reciente ‘Kimi‘.

‘High Flying Bird’: una gran jugada de Soderbergh

Precisamente como el tema, incluso con sus particularidades, es algo tan familiar para el autor -que en sí mismo es todo un ejemplo de buscar rincones por donde explotar el sistema para devolver cierto poder a los creadores– emplea una fórmula familiar para darle un entretenido aire a la película. Estructuralmente ‘High Flying Bird’ tiene mucho más de cine de atracos marca de la casa, como en ‘Ocean’s Eleven‘ y sus secuelas o la infravalorada ‘La suerte de los Logan‘, que de convencionales dramas como ‘Coach Carter’, y logra ser convincente por ello.

La personalidad visual que le da a la película es otro punto a favor de la misma. Hay sensación de que esto no está rodado con cámaras convencionales, pero aun así no parece barata, sino que diseña la imagen para dar profundidad y dinamismo constantes, fortaleciendo la carga dramática del conjunto.

Hay tantos aspectos a buen nivel que es imposible no hablar de ‘High Flying Bird’ como una de las mejores películas de su autor. Y ha sido posible por esa falta de miedo al riesgo de dicho autor, y porque una plataforma de streaming vio que era una inversión cómoda que podía darle cierta frescura a su catálogo original. Una jugada perfecta.

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